Antieditorial: La inconveniente revocatoria de Enrique Peñalosa


El pasado 4 de enero el diario El Espectador (único gran medio que no alaba sin parar al alcalde) publicó un editorial acerca de la revocatoria de Enrique Peñalosa, allí se plantean dudas sobre la conveniencia de la iniciativa y se plantea la pregunta: ¿No sería mejor seguir fomentando debates frontales sobre los temas álgidos, pero sin obstaculizar por completo que se ponga en marcha un plan para Bogotá? Acá mi antieditorial.

shepard-fairey-pay-up-or-shut-upSe pregunta El Espectador si la Revocatoria de Enrique Peñalosa “¿De verdad es la mejor manera de hacer oposición política?” La respuesta a esa pregunta es sencilla: No, no es la mejor pero lamentablemente es la única. (Ver editorial)

El Espectador dedica buena parte de su texto a comparar este proceso de revocatoria con el de Petro y si bien la figura es la misma, los escenarios no pueden ser más distintos. La administración pasada, nos guste o no, se caracterizó por su confrontación con varios sectores muy poderosos (casi todos cercanos a Peñalosa) eso contribuyó a que en la alcaldía de Petro abundarán los mecanismos de control político; cada decisión, propuesta o comentario era sometido al más profundo escrutinio por parte de los medios de comunicación y de los entes de control, mientras que en la era Peñalosa todo es justificable.

Por ejemplo: la denuncia sobre los títulos falsos del alcalde sigue acumulando polvo en la Fiscalía; la aplanadora peñalosista en el Concejo ha llegado incluso a poner en peligro su propio pellejo para aprobarle al señor alcalde prácticamente todos sus “sueños” y con la notable excepción de El Espectador toda la gran prensa se ha reducido a un comité de aplausos, que durante un año no ha hecho más que engavetar su profesionalismo para actuar como relacionista público de la Alcaldía Mayor; entonces ¿son comparables los escenarios?

La revocatoria no es el mejor método de control político, es un freno de emergencia, un último recurso para detener a un mandatario que ha demostrado no escuchar a nadie, ni siquiera al más amplio consenso científico, como en el caso de la reserva Thomas van der Hammen. Tampoco puede hablarse de revocatoria sin poner sobre el tapete el monumental conflicto de intereses que enloda al alcalde y que dinamitó el eternamente postergado sueño de arrancar la construcción del Metro de Bogotá.

Peñalosa es una celebridad internacional y eso que muchos pintan como garantía de alta gerencia, es por el contrario lo más cuestionable en su modelo de ciudad. Quién ha edificado un exitosísimo proyecto personal promocionando a Transmilenio como el Santo Grial de la movilidad, no puede ser quien decida cuál es la mejor opción de transporte; permitir que un hombre cuyo nombre es sinónimo de buses articulados en todo el mundo, decida sobre el futuro de la movilidad en Bogotá es condenar a la ciudad a un sistema de transporte que, si bien le ha dado fama mundial a Enrique Peñalosa, ha demostrado ser insuficiente para las necesidades de la ciudad. Cada lector que sufra a diario esa pesadilla llamada Transmilenio estará de acuerdo en que no podemos seguir siendo el conejillo de indias de los amigos del alcalde, Bogotá no necesita experimentos geniales, necesita una red de metro pesado como la de cualquier ciudad normal con nuestra población.

Revocar a Peñalosa no es la venganza de un sector político, es la prueba de que la ciudadanía está cada vez más al tanto de lo que pasa con sus gobernantes, es una muestra de que los jóvenes están abandonando esa “pasteurización” política que tanto bien le hecho a los políticos tradicionales, clientelistas y compradores de votos. Revocar a Peñalosa no es un sabotaje al gobierno, es más bien una oportunidad de oro para profundizar la democracia y demostrarle a los superpoderosos de este país, que se necesita mucho más una multimillonaria inversión en publicidad para convencer a los bogotanos de que 2+2 son 5.

a través de Antieditorial: La inconveniente revocatoria de Enrique Peñalosa — Al Garete

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